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Homenaje en vena

Homenaje en vena

Por José Aurelio Paz    Foto: Osvaldo Gutiérrez

Puede que mientras yo esté operando una idea, desde la blancura de un documento de Word en la pantalla de mi computadora, dentro de su cuerpo deje el bisturí con el cual pretendí quitarle la falta de ortografía, suture groseramente la manera de expresarme, y hasta propicie una hemorragia interna de imprecisiones por mi superficialidad periodística. Lo más que podría pasarme sería que el lector se enoje conmigo, se burle de mi ineptitud, se ría en mi cara (queriendo ser yo el rostro de palabras de Invasor digital) o, simplemente, me sepulte en el olvido.

Pero a un médico no le sucede lo mismo. Una omisión involuntaria, una torpeza lógica, motivada a veces por la rutina de un oficio, o un diagnóstico equivocado, pueden costarle la vida al paciente. Y no hablo de esa existencia de huesos y músculos en la cual nos vamos desgastando, poquito a poquito, hasta convertirnos en una simple arruga humana. Me refiero a otra manera de morir mucho más dolorosa por profunda y letal, cuando amando una profesión tan consagrada se muere cada instante por la zozobra de un diagnóstico impreciso o una decisión errada, en una situación límite de forcejeo con la muerte para arrebatarle la presa que se roba.

No quiero con estas palabras justificar un mal proceder, una actitud de desidia, una mala respuesta o la indiferencia ante el sufrimiento de una persona. Quiero solo hacer valer que no es una profesión en la cual rompiéndose la cuerda de tu Stradivarius, en el concierto más importante de tu carrera artística, pudiera acabársete la sinfonía de ese latido arterial que nos acoge; que alguien te denuncie, porque se le partió la pata al mueble hecho hace solo una semana, o la luz de tu mundo no dependa de una pupila restaurada por la mano diestra, sino de una lámpara vendida con defecto.

Solo puedo decir que, entre las profesiones, la Medicina requiere una cuota adicional de entrega, cuando es un curso escolar inconcluso, porque cada día intentando graduarte tienes siempre una asignatura pendiente impuesta por la ciencia; un reloj sin tiempo, no solo para ti, sino, incluso, para tu familia; una manera de vivir en la cual, queriendo respirar de manera acompasada, a veces te asecha la disnea al incumplir el sagrado mandato bíblico de amarte a ti mismo, para amar en demasía a los demás, y siendo un rescatista, con tu mano extendida para salvar la otra mano, te apoyas muchas veces, sin saberlo, en el límite propio del precipicio, al riesgo de sentirte imanado por el vacío.

Quien asuma la Medicina solo como un título honorífico y no esencial entrega, quien escoja esa especie de profecía como destino y no tránsito, quien no esté convencido de que no hay derecho al descanso, quien vea en ejercerla solo beneficios y no posibilidad de ofrenda, mejor que desmonte su cabalgadura y quede a la vera del camino y a la sombra de otra vocación más leve.

No hay duda que son el maestro y el médico quienes salvan a un país de su muerte, aquellos nobles restauradores del edificio que somos, donde vida e inteligencia sirven de pilares junto a modestia y compromiso por preservar la pureza desde cualquier espacio habitable de nuestro mapa espiritual como cubanos y cubanas, si el gran Voltaire los calificaba de arquitectos del amor cuando comparten el arte de lo divino.

Días como estos ser profesional de la Salud enciende el orgullo y su llama trasplantada a otros fríos lugares de nuestra patria mayor, esa América de Martí y de Bolívar, pone luz sobre el goce colectivo y el reconocimiento nos llena de esa simple gratitud que, como ciertas flores, "no se da en la altura y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes", según el Apóstol.

Si la luz es resultado de la escaldada cera y en ella viene impresa la memoria de las celdillas del panal y del antiguo oficio de la abeja, no descansemos de libar palabras dulces para quienes son linaje de monjes blancos, sin otra abadía que no sea el hospital y otra religión que el deber diario, quienes le tejen calladamente a Cuba, como único sudario, la voluntad de seguir siempre adelante, a pesar de los dolores de parto, en la búsqueda de un latido humano y redentor que destierre toda posibilidad para el infarto.

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