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Asalto a Ciego de Ávila

Asalto a Ciego de Ávila

Por Katia Siberia García     Fotos: Nohema Díaz

Dos jóvenes que hace casi 60 años se rebelaron contra la injusticia asaltaron, esta vez, las calles avileñas para compartir los hechos de entonces. Aunque para la dictadura el suceso sería solo una aventura, Ernesto González Campos y Ramiro Sánchez Domínguez terminaron involucrados en un acto de profundo patriotismo: el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes

A su llegada a tierra avileña, se impuso el intercambio con estudiantes, diferentes asociaciones y organizaciones políticas y de masas, no solo para narrar la historia, sino para conminarlos a no olvidarla, "a mantener los logros cuando esta Generación del Centenario ya no esté".

Confiados de que "hay una juventud que, si fuera necesario, dará el pasó que nosotros dimos", los combatientes conocieron del trabajo de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), en cuyas zonas ha disminuido el delito; y de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), responsables del 62 por ciento de la fuerza laboral activa. Asimismo la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) resaltó algunos de sus logros, corroborados por los asaltantes en una de las más de 30 minindustrias de la provincia de Ciego de Ávila.

A su paso por la escuela militar Camilo Cienfuegos, Ernesto y Ramiro destacaron la disciplina de esos alumnos "que aunque aman la paz deben prepararse para la guerra" y no dejarse confundir, pese a las dificultades de nuestro proceso. Siempre, coincidieron, habrá más razones para defender la Patria.

Estudiantes de la Universidad de Ciencias Pedagógicas y de la escuela del Ministerio del Interior escucharon también a los protagonistas de aquella gesta, y de otras, porque ambos revolucionarios no detuvieron el tiempo en julio de 1953. Ernesto combatió en Girón y a los alzados del Escambray y Ramiro se vinculó a los órganos de la Seguridad del Estado.

De esta tierra se llevaron el respeto y la admiración de los avileños, quienes los condujeron hasta los orígenes mismos de la ciudad, casona donde, al estilo de modernos mambises, degustaron la canchánchara en una jícara. Allí, representantes del Poder Popular y el Partido agasajaron a los héroes de la rebeldía nacional, quienes a ratos compartieron algunos criterios con la prensa.

"El que diga que no tuvo miedo, está mintiendo. Yo sí temía por mi vida, pero ni cuando Fidel dijo en la granjita Siboney el riesgo que correríamos pensé en abandonar mi misión.

"Éramos miles los dispuestos y solo algunos conseguimos participar. Para ello tuve que abandonar mi trabajo y engañar a mis padres. Solo dejé una carta para si moría se la entregaran y supieran los motivos que me llevaron al Moncada. Después del ataque estuve más de un mes escondiéndome por los montes, y así pude sobrevivir. Aquello fue una hazaña, algunos campesinos me contaron que los gritos de ¡Viva Cuba! y ¡Abajo el tirano! se oían más altos, que los disparos nuestros", dijo.

Por su parte, manifestó gran regocijo porque "cada vez que cuento la historia a mis nietos, sé que ellos sienten orgullo de todo lo que he sido y he hecho. Yo partí en tren para la ciudad de Bayamo sin saber a qué iba, ni qué llevaba en las maletas. Ni siquiera supe que Raúl, Melba y Haydée iban en el mismo tren porque mientras menos supiéramos más seguridad y protección tendría el plan. Mi pensamiento no era socialista, eso lo adquirí en el transcurso de la lucha, pero siempre estuve muy consciente de que había que derrotar al tirano".

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